En los 100 grabados en cobre de la Suite Vollard que Pablo Picasso realizó entre 1937 y 1938, el tema dominante es el deseo erótico como fuerza motriz del acto creativo. No existe nada comparable en el arte del siglo XX. Todo gira en torno a la imagen de la mujer. Puede afirmarse que en esta serie el artista intentó establecer, sin prejuicios, su idea sobre la relación entre los sexos.
El mundo de Picasso se organiza como una lucha (agon). La acción de la pintura se desencadena como un conflicto de opuestos, en el sentido de la filosofía de Heráclito. La discordia y la diferencia son el origen de la vida. Nada más alejado de la «noble sencillez y serena grandeza» que Winckelmann atribuía al arte griego. El artista es el demiurgo que organiza el mundo permaneciendo, al mismo tiempo, como sujeto deseante. Observa y a la vez participa en la acción. Esta escisión resulta fascinante.
Los dos sentidos que intervienen de manera primordial en esta constelación de imágenes son el tacto y la vista. El primero se representa en la figura del escultor, el segundo en la del pintor. Pero, en un sentido más amplio, se trata de una alegoría general de los sentidos. El oído y el gusto también están representados alegóricamente, respectivamente, en la idea del arte como armonía (la música) y como banquete. Las figuras reclinadas se preparan para disfrutar. Este paganismo tiene claras raíces epicúreas. El epicureísmo aparece en esta serie como un ideal filosófico de vida que nada tiene que ver con el hedonismo vulgar.
La exposición se completa con un conjunto de óleos que no solo abordan el tema de la mujer como objeto de deseo (Suite Vollard), sino también su teoría de la visión. Resultan de especial interés, en este sentido, sus versiones de El pintor y la modelo, así como otras interpretaciones de la naturaleza femenina, como La mujer que llora y la maternidad. Estos temas, tratados a lo largo de toda su vida, revelan hasta qué punto Picasso estuvo obsesionado con investigar la alteridad de la condición femenina, implicándose tanto en el proceso de la visión como en la carga afectiva de las imágenes.
La representación del cuerpo femenino fue para Picasso una oportunidad de describir los mecanismos libidinales de la visión del sujeto. Existe una relación especular entre el ojo y el cuerpo. La energía del deseo se refracta como la luz.
No importa si el sujeto que mira es un hombre o una mujer. Más allá del pensamiento políticamente correcto y de los anatemas lanzados contra el artista desde ciertos estudios de género, que han calificado su imagen de la mujer de sexista y su visión de la sociedad de paternalista, es necesario realizar una revisión profunda de estos clichés con los que el pensamiento feminista ha arremetido de forma visceral y acrítica.
Es simplista afirmar que La mujer que llora delata el sadismo del artista y que en la imagen de la modelo posando desnuda ante el pintor solo puede verse una cosificación machista de su cuerpo. Cuando Picasso representa la brutalidad del hombre en la figura del Minotauro, violador por excelencia, no hace sino reflejar un hecho cultural, lo cual no le impide, sin embargo, imaginar el momento en que la bestia ciega es guiada por la mano inocente de una niña.
Pero en la Suite Vollard también existe un diálogo entre el hombre y la mujer. Ella es la amante, la compañera, la amiga, la cómplice. No cabe duda de que el «ojo de Picasso» es masculino; negarlo sería absurdo. Este es un tema que puede y debe abordarse desde una perspectiva de género; pero, al mismo tiempo, es urgente revisar los clichés que se han construido en torno a esa mirada a la luz de lo que sabemos sobre sus conflictivas relaciones con las mujeres que pasaron por su vida.